La sangre salía sin parar, a borbotones, aunque me había cubierto de papel higiénico. Una gota manchó la mesa. “¿Qué te hiciste?”- preguntó. “Nada ¿de qué hablas?”- contesté y a continuación me saqué definitivamente el saco dejando al descubierto mis heridas y mi sangre que emergía como de la fuente de Salmacis. Ella abrió los ojos grandes como platos y luego miró hacia abajo (quizás arrepentida del show que habían armado). “Veo que estás mucho mejor”- me dijo él irónicamente. “Sí, muchas gracias por preocuparte”- contesté frívolamente. Después de unos minutos se levantó para ir al baño y quedamos ella y yo juntas en la mesa. Ella me hablaba, como si no tuviera los brazos cortados o la pintura corrida o diez kilos de menos… me hablaba como si fuéramos amigas o compañeras de algo… me hablaba como si no estuviera ocupando mi lugar, haciéndole el amor al amor de mi vida, corrompiendo mi alma y mi salud mental.
No hay comentarios:
Publicar un comentario