Me estás enseñando a ser fuerte. Ya no me inmutas. Ya no tienes esa maldita manía de conseguir hipnotizarme siempre. Tengo la suerte, y la seguridad, de poder decir que a tu paso, ahí donde crecían mis ansias por tenerte de vuelta, mis fuerzas mal empleadas en intentar no echarte de menos, y todos mis sueños donde estabas tú, sólo se levanta una ráfaga de polvo de recuerdos que puedo sacudirme rápido si le da por pegarse a mi ropa.
Me estás enseñando a ser fuerte. Ando con un rigor, quizás insensato, encima de unos tacones que ni me preocupan, ni me entorpecen. Levanto la cabeza, y consigo estar orgullosa de mí misma por haber aprendido cómo continuar sin ti. No tanto por el hecho de haberte olvidado, sino por saber caminar sola, sabiendo que no te debo nada.
Me estás enseñando a ser fuerte. Me resbala si subes o bajas, si entras o sales, si estudias o fumas, si follas o fallas. Tienes ahí en la esquina tu caja de cosas tontas. No las necesito. Es más, ¿sabes? Ya no te necesito.
Me estás enseñando a ser fuerte. Ando con un rigor, quizás insensato, encima de unos tacones que ni me preocupan, ni me entorpecen. Levanto la cabeza, y consigo estar orgullosa de mí misma por haber aprendido cómo continuar sin ti. No tanto por el hecho de haberte olvidado, sino por saber caminar sola, sabiendo que no te debo nada.
Me estás enseñando a ser fuerte. Me resbala si subes o bajas, si entras o sales, si estudias o fumas, si follas o fallas. Tienes ahí en la esquina tu caja de cosas tontas. No las necesito. Es más, ¿sabes? Ya no te necesito.

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