sábado, 9 de julio de 2011

A sonreir se aprende habiendo llorado mucho. Cuando te suena demasiado cualquier principio. Cuando deja de sorprenderte cualquier final. A sonreir se empieza cuando se aprende a soñar flojito. En inefable. Pásate varios años con demasiadas ilusiones sin cicatrizar y a todos tus sueños les acabará saliendo una arruga.
Pero hoy no quiero hablar de sueños ni de ilusiones, sino de sonrisas. Y hay muchísimas maneras de estirar la boca. Para empezar, uno puede sonreír para sí mismo o puede sonreírle a otro. Se trata de sonrisas totalmente distintas, sobre todo porque mientras la primera es por donde se escapan ideas alegres y recuerdos, la segunda constituye el símbolo universal de la complicidad. A partir de ahí, todas las demás. Sonrisas de idiota y sonrisas de listillo. Sonrisas falsas, sonrisas malignas, sonrisas tímidas, arrogantes, sonrisas payasas y sonrisas desesperadas. Sonrisas que invitan a un primer paso y sonrisas que declinan toda invitación. Sonrisas verticales, horizontales, de medio lado y hasta en diagonal.
Para cualquier otra expresión física, hay que tener muy en cuenta cuándo se manifiesta. Para la sonrisa, no. Da igual la situación en la que te encuentres, una sonrisa bien dibujada siempre te va a ayudar, a ti y seguramente a todos los demás también.
Para terminar, No confundirse. Sonreir no tiene nada que ver con reir, simplemente comparten letras. La sonrisa crece. La risa estalla. La sonrisa calla. La risa berrea. La sonrisa escucha. La risa habla. Pero si se puede sonreir incluso mientras se llora. Con eso está todo dicho.
De cualquier modo, lo que realmente me fascina del acto de sonreir es lo mucho que se obtiene frente a lo poco que cuesta. Lo poco que abunda y lo gratis que es.
Lo bien que conozco el teorema.
Lo poco que me lo sé.  

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